Nueva York ~ 1965.
Juro que cuando llegué a este mundo yo no
conocía la soledad, el sufrimiento o el miedo... Después, esa trinidad oscura
fue mi inseparable familia.
Desde que me instalé en la ciudad no
estuve sino pensando en el fracaso de mi vida, trabajando en malos empleos y
muriendo en soledad. Nadie ocupaba mi corazón excepto un fantasma... El
recuerdo inútil y pueril de alguien que ya no existía sino en otro espacio, en
una vida completamente ajena a la mía.
Leí por primera vez el libro que el Californio había
dejado en su coche, y que yo encontré la fatídica noche de su muerte. Era una
interesante y oscura historia que lograba el milagro de empujarte a pasar
página tras página, hasta llegar al final. Aunque yo no entendía de literatura,
aquello me había gustado; así que, como tributo a mi compañero de andanzas y
pillerías, lo llevé a la oficina de un editor judío de Queens llamado Brian
Levy, con la sana la intención de verlo publicado algún día. Hice un tanto de
lo mismo con La Dama de los sueños. Firmé ambas obras con mi
nombre y se las entregue a Levy, quien me prometió que las leería. No le creí
del todo, pero sabía que el talento del Californio se merecía
aquella oportunidad.
Penumbra y nostalgia por una Kelly que no
estaba ni estaría; absurda lealtad a alguien (Californio) que apenas
conocí; frialdad ante la muerte de una abuela adorable; y por último -y no
menos importante en tiempos tan patéticos de mi existencia- el endiosamiento de
los muertos, mi padre. El único de todos estos personajes al que en verdad no
conocí en absoluto, despertó en mí una insana curiosidad.
De niño había escuchado, de labios de
mamá, las enormes virtudes que papá atesoraba, salvaguardadas como dones caídos
del cielo. Había oído historias sobre su heroísmo en la guerra en Europa, pero
una estúpida cuestión me rondaba últimamente en la mente: ¿Qué reacción había
existido en lo más íntimo de mi padre, al saber que debía ir a combatir en una
guerra atroz?
En la década de los cincuenta, los Estados
Unidos aspiran a sustituir a Francia en la explotación -que como alimañas
hacen- de los recursos mineros vietnamitas; así nace un conflicto bélico entre
un tenaz pueblo escondido en la selva y el imperio militar más colosal de toda
la historia: La Guerra de Vietnam.
El día tres de febrero de 1965 un nuevo
contingente de hombres marchó hacia la península de Indochina; yo estaba entre
ellos. Durante tres meses había estado acuartelado en Munich, Alemania, ya
formando parte del Séptimo Ejercito americano.
Aquella era la guerra de nadie, a pesar de
lo cual había en la zona 525.000 soldados extranjeros dispuestos a matar; a
–simplemente- cometer barbaries en nombre de la lucha contra el comunismo. Fue
una vergüenza que no sentí sino como una salida honrosa a mi triste vida; si
deseaba morir, aquella sería la oportunidad perfecta para marcharme de este
mundo como un jodido héroe americano.
Y mi cuerpo marchó a la guerra siendo yo
inconsciente de hacia dónde iba. Aunque no era voluntario, marché sin sentirme
obligado, lo reconozco. Era yo quien creía en ella como un mortal juego, como
un clavo que saca otro clavo, como una especie de suicidio de mi memoria; algo
que me ayudase a olvidar –definitivamente-, con el derramamiento de mi sangre y
la del rojo enemigo, el amor no hallado y una vida sin sentido.
El recuerdo del rostro de papá, en mi
memoria desde que mamá me enseñó fotos suyas, marchó conmigo a la selva. Él me
guiaría. Y mi mente, mis ojos y mis oídos, marcharon a Vietnam; y la sorpresa
que me llevé fue abismal, porque presencié y sentí mil atrocidades que aún
tengo grabadas en lo más profundo del alma.
Sí, mi dios era mi padre, el ser muerto en
la gloriosa Segunda Gran Guerra. En el preciso instante de mi
nacimiento desapareció de mi vida, forzándome a idealizarlo a través de los ojos
de su viuda; lo único que yo había logrado hasta entonces era defraudarlo,
viviendo como un muerto en vida que sólo tiene pies de barro. Definitivamente,
si no lo evitaba, mis días acabarían del mismo modo en que los suyos lo
hicieron, pero sin honor.
Desde que llegamos a Indochina, cuanto
veía me sorprendía: los olores, lo que escuchaba a mi alrededor... Me sentía
abrumado por la sublime belleza de aquel país que debíamos destruir a toda
costa, y para siempre.
En mayo, en la región de Da Nang, los
Estados Unidos crearon una base que albergaba a seis mil soldados. Aún no había
visto nada, y por tanto estaba pletórico y orgulloso de mi destino bélico. Era
todo un centurión de las más valerosas legiones del mundo...
Allí hice amistad con mucha gente, pero mi
compañía más cercana era un chico negro llamado Marlon. Llevaba tres meses
allí, y una de las cosas más duras para él había sido dejar lejos a su familia.
Mis compañeros solían consumir hachís
(herencia de nuestros días en Europa, en los que las escapadas a Amsterdam eran
frecuentes). La guerra los volvía locos, y un poco de droga les ayudaba a
sobrevivir. Igual que el juego; todos jugábamos. Un segundo oficial ganó una
fortuna con el póquer. Luego supe que murió por fuego amigo.
Una de esas noches de alcohol y partidas
de póquer, yo estaba tan triste que, como el poeta, podía escribir los versos
más tristes. Marlon se me acercó al verme solitario y con la mirada perdida en
la luna. Charlamos acerca de qué hora debía ser en América, sobre quienes que
nos estarían esperando en casa, y de los diez dólares que yo había perdido
jugando a las cartas… Reservé para mis adentros lo verdaderamente frustrado que
me sentía. Marlon no sabría de mi necesidad por despertar de la pesadilla que
comenzó para mí mucho antes de acudir a aquella maldita guerra que no tenía
nada de épica.
Yo no era Aníbal, el cartaginés. Él era
fuerte; no tenía necesidad de una cama blanda para descansar. Era habitual
verlo en un manto como un soldado más. Era, como mucho, el primero de sus
infantes y el último de sus caballeros. Aníbal, el primero en marchar al
combate y el último en retirarse. El éxito de sus luchas contra Roma se debe a
que era infatigable e inteligente. Porque sabía -antes de ejecutar un nuevo
paso-, prever y prepararse para él. En conclusión: Yo era un ser decadente que
se creía las mentiras que nos habían llevado a Vietnam. Fue entonces cuando se
acabaron las conversaciones teóricas y dimos paso a las armas.
Se suponía que estábamos en Asia para
defender al pueblo de los malvados chicos del 'vietcong', los rojos.
Perseguíamos a esas guerrillas en la noche. Bombardeábamos las aldeas
inocentes, y los supervivientes, si los había, se unían a nuestros enemigos,
así que recibíamos órdenes de convertir todo superviviente en durmiente… Aún
cuando no derramé una sola lágrima de sangre, mi llanto brotaba cada vez que
escuchaba los histéricos gritos de los pequeños que habían quedado huérfanos en
las aldeas que perecían a nuestro paso.
Recuerdo muchos momentos en los que pensé
que llegaba el fin y -en cierto modo- en cada uno de ellos así fue. Hubo un
primer combate muy cruento… Era de noche. Delante de nosotros estallaron
algunas granadas y el fuego de los disparos nos buscaba. Se escuchaba el ulular
de extrañas aves, y junto a ellas mi corazón nervioso y la boca seca. Escuchaba
el zigzaguear de las balas, pero mis sentidos no sabían exactamente dónde
debían prestar atención. Todo era confuso. Fue un ataque inesperado, y las
explosiones hicieron que algunos compañeros saltasen en pedazos, cayendo sobre
mí.
Aquellas dañinas ráfagas de un lado a otro
duraron escasos segundos, o tal vez minutos; no lo sé hoy y no lo supe con
claridad entonces. Cuando todo acabó no hubo silencio, sino gritos de dolor.
Sufrimos una treintena de bajas, y Marlon estaba entre ellas. Antes de morir
tuvo tiempo de hacerme una petición:
-Eric, amigo, haz que me devuelvan a la
tierra de mis padres...
Olía a fuego apagado, a tierra y carne
quemadas. Aquel hombre derramó toda su sangre y vísceras sobre mi cuerpo. Mi
respiración se agitó imparable, hasta que exploté a llorar, al tiempo que
permanecí paralizado. El grotesco y sangriento espectáculo que acababa de
producirse había helado mi sangre. En pie, entre los cadáveres destrozados,
dejé de comprender; y en cierto modo, fue la primera vez en mi vida en la que
-en verdad- valoré mi torpe, insatisfactoria y vacía existencia sin rumbo, y
comencé a cambiar de opinión sobre mi estancia allí. El niño que creyó que se
había dirigido a un juego, se hizo hombre a golpe de mortero. En medio de tan absurda
carnicería, el llanto teñido de rojo cubría mi rostro. Jamás podré olvidar que
aquella fue la primera vez, que no la última, en que la muerte se llevaría a
sus hijos delante de mis ojos.
Las noches se iluminaban; resplandecían
haciendo realidad –artificialmente- un día claro, breve, instantáneo,
demoníaco. Eran falsos relámpagos, génesis de la muerte del trueno, los que
iluminaban selvas y arrozales.
Nuestro ejército eludía la batalla de
infantería, decidiéndose por el bombardeo aéreo, más sencillo para su propósito
de exterminio de los enemigos. Bombardeábamos una ciudad y luego la ocupábamos.
El panorama era grotesco. Pocos eran los edificios que quedaban en pie. Los
jardines habían desaparecido, y la luz de la mañana permitía saber que -allá
donde se buscase el horizonte- se encontraría un margen humeante de escombros,
sobre el que se levanta el perfil de miles, tal vez decenas de miles, de
jóvenes y viejos, de hombres y mujeres... Todo quedó reducido a una
interminable explanada salteada de ruinas y fogatas extintas; sembrado, eso sí,
por la infinita legión de seres humanos que no tuvieron espacio o fe, en los
refugios que había en la ciudad.
Observé la faz de una colina en la que se
levanta un pequeño hospital, por supuesto, casi completamente destruido. Una
niña solitaria cubrió su rostro acenizado con su temblorosa mano sana; estaba
en medio de la nada, mirando sobrecogida el espectáculo de horror y crudeza.
Las hileras de pobres gentes se asociaron camino del moribundo hospital,
acompañados por el zumbar de moscas revoloteando a su alrededor. Era como un
inmenso naufragio en medio del sangriento océano de tierra carbonizada.
Por un improvisado camino de lodo se
accedía a la entrada del edificio. Era como una avenida colapsada por camillas,
algunas hechas de astilladas maderas, otras de retorcidos hierros, pero útiles
al fin y al cabo. Volví a derramar la vista en mi entorno, y mis ojos se
humedecieron ante la fatal escena de millares de cadáveres cubiertos por
sábanas blancas teñidas de rojo, y otros tantos heridos recostados sobre
maloliente tierra; supervivientes acompañados y ayudados por otros
supervivientes. Eran los herederos del terror, los condenados a la vida.
-Dios santo... -murmure impresionado-.
Esto es el infierno...
Los minutos parecían años, el corazón
desentonaba con respecto a todo y parecía querer explotar, mientras el
recorrido se niega a ser concluido. Me siento tan impotente... Dios,
¿Por qué me dejas ver todo esto y sentirme tan inútil? Pero más que
impotente me siento culpable. Aquel horror era obra nuestra; mía también. Yo
fui partícipe de aquella incivilizada obra.
Alzándose sobre las cabezas de aquellas
personas, el viento; el único libre, el único que era capaz de -a vista de
pájaro- contemplar, como se presencia el escenario de un crimen al que se es
ajeno, el improvisado y dramático espectáculo de la señora muerte. Así, desde
lo alto, observó imparcial, frío, mudo y sobrecogido, el espeso conglomerado de
miles de personas, colina abajo, repartidos entre miles de manzanas de
herrumbre, escombros y muerte. Y una bandera recién ondea, la nuestra, pero ya
nadie la mira.
Esa ciudad no es sino el
botón de muestra de la macabra opera americana en Vietnam, cuyos ecos no llegan
a ninguna parte, pues la misericordia se la llevó el viento; ni tan siquiera
los corazones de muchos hombres se ablandaron para escuchar el dolor de otros,
sino que -a pesar de lo padecido por todos- sus ojos siguieron sembrando de
odio y despreciable egoísmo, el destino final de sus miradas. Las masas que se
odiaban continuarían vertiendo su aversión como pudiesen.
Como un árbol en medio del desierto, un
enjuto, pálido y ennegrecido anciano recoge una sola flor muerta, y habla para
la nada:
-¡Éste será sólo el principio! -grita-.
Tras la tragedia primera, han de venir el jinete del hambre y el frío, el
espectro de las infecciones y la tétrica cantata de la muerte invisible; de los
ojos que no ven la luz del sol, ni respiran ya la frescura de la primavera.
Éste será sólo el principio!
Los aromas a lavanda y tierra fresca
habían sido sustituidos por el hedor de la podredumbre. Mis ojos irritados se
abrieron impresionados, y parecía que nunca fuesen a cerrarse después de
presenciar tan horrendo espectáculo.
¿Qué más queréis que os cuente de aquella
guerra? No tengo nada nuevo que aportar; sólo podría hablaros de muchas
violaciones, de vejaciones a los indefensos. La sangre era derramada con tanta
frecuencia y levedad que acabó por no asustarme.
Podría hablaros, únicamente, de cabezas
vaciadas, de rostros que estallaban por capricho, vísceras que no valían un
dólar; de niñas poseídas y vientres abiertos de embarazadas cuyo fruto era
arrancado sin piedad. Esa fue la guerra que yo tuve el honor de conocer.
Podría hablaros de los habitantes de un
infierno, de sus rostros desangelados, de sus miradas perdidas en la nada.
Podría hablaros de todo ello, pero sería tan inútil como desagradable.
Fuimos peor que las alimañas. Todos. Los
animales de una misma especie nunca se matan, pero el hombre se compara
–erróneamente- a ellos para justificar muchos de sus errores. Nada más puedo
añadir al capítulo más oscuro y dolorido de mi memoria. Os aseguro que sentí en
aquellos días el mismo desconcierto que los jóvenes de hoy pueden sentir ante
el presente que les ha tocado vivir.
No esperé a que la historia se cebase
conmigo. El deshonor me importaba una mierda; me preocupaba más la dignidad de
quienes padecían los horrores de una guerra aberrante. Me preocupaba más mi
propia vida, y me decidí a huir.
En la pequeña aldea de May-Lay, un
teniente y un sargento fueron los responsables de una brutal matanza de cientos
de niños, mujeres, y hombres vietnamitas. May-Lay no fue el único martirio
cometido; el horror era diario, y yo no podía hacer nada excepto embrutecerme o
huir. Paseé con ojos callados entre la muerte no descrita de una guerra atroz,
pero no deseaba ser una estatua de sal. No deseaba ser cómplice de cuanto
estaba aconteciendo. No podía -ni debía- callar las barbaridades que allí vi.
Así que asumí mi responsabilidad y tres semanas después escapé selva a través.


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