viernes, 29 de julio de 2011

Guía para un nuevo milenio (y 7)

El ganado satisfechoLa nutritiva oraciónTengo muchas preguntas. ¿En qué términos se concreta, ya en la otra dimensión, la que los creyentes consideran de Dios omnipresente, una plegaria? A los ojos de la neurociencia, ¿en qué consiste una plegaria y cual es su naturaleza y composición energética en el cerebro? ¿Se produce alguna actividad neuronal que trascienda más allá del sujeto que la produce? La frecuencia energética de nuestros pensamientos, ¿puede ser de interés para alguien que juega con nuestras emociones? ¿Son nuestras emociones más dramáticas el alimento de unos entes a los que no vemos?Parece ser que la meditación produce una serie de benéficos resultados a quienes la practican. Se dice que se reduce la presión arterial y el estrés. De hecho, puede que la meditación frene una cierta actividad cerebral que origina miedos. Otras investigaciones afirman que meditar incide positivamente en la actividad del sistema inmunológico. Ahora bien, ¿qué sucede cuando no hablamos de meditación, sino de plegaria?
La plegaria es una súplica, bien espontánea, bien por medio de una oración diseñada para ese fin, dirigida a un ente superior (da igual si a Dios, la Virgen, los santos o los aliens), y de la que se espera una respuesta afirmativa. Consecuentemente, meditar (entendido como acto de serena reflexión) no es lo mismo que realizar una plegaria. Después de todo, somos seres espirituales, y el tono que le damos a los hechos que realizamos, la emoción con que nos expresamos, imprime su sello en el ser de esas manifestaciones, cualesquiera que sean.
Los doctores Jon Kabat-Zinn, de la Universidad Médica de Massachussets, y Richard Davidson, director del Laboratorio de Neurociencia de los Afectos de la Universidad de Wisconsin, han trabajado en profundidad sobre el terreno de la meditación aplicada en medicina. Según ellos, la práctica de la meditación -que no deja de ser una expresión de la conciencia liberada del mito- robustece las neuronas de la corteza prefrontal izquierda (ubicada tras la frente. Se cree que es la zona cerebral que origina las emociones positivas) y actúa favorablemente sobre la amígdala cerebral, responsable de la sensación de miedo.
(La amígdala cerebral, conjunto de neuronas situado en el lóbulo temporal del cerebro, está directamente vinculada a las experiencias emotivas y su recuerdo.)
¿Está Dios en los genes? es el título de un interesante artículo firmado por Ángela Boto, en el que se exponen las más recientes investigaciones del doctor Andrew Newberg, que giran en torno a cómo la práctica espiritual -véase meditación- tiene su reflejo en el campo de la actividad cerebral: ‘Pero el hallazgo más sorprendente fue que al mismo tiempo se desactivan los lóbulos parietales (OAA), las regiones situadas aproximadamente debajo de la coronilla en los dos hemisferios (cerebrales). Se podría decir que esta área es la residencia del sentido del yo, es donde radica el concepto de la individualidad. La reducción de la actividad durante la meditación o la oración tiene como consecuencia la disolución de las fronteras entre el yo y el entorno y conduce a la sensación de comunión con el universo, de pertenencia a la totalidad. Exactamente lo que describen los que alcanzan un estado profundo de trascendencia espiritual, de misticismo’.
Dicho esto, cuándo una oración o plegaria –como es el Santo Rosario- es profundamente interiorizada por el creyente, revelando culpabilidad (que no sentido real de la responsabilidad), temor a ser castigado o a faltar a los preceptos de la doctrina, ¿es el proceso cerebral de ese individuo -y la energía liberada en dicho proceso- del interés de los seres que se ocultan tras el mito? Podría ser. De hecho, los dos fenómenos a los que nos hemos acercado –el religioso y el ovni-, convergen en un espacio común: congregar a cuantas más personas mejor en un espacio determinado, todas sintonizando sus psiques en una misma idea de conexión, de comunión con las entidades sobrehumanas. ¿Hacen acopio de energía?Este hecho, aparentemente anecdótico, hace pensar que existe algún motivo capital, realmente crucial, por el cual el mito gusta de la concentración de personas bajo con un común interés: el contacto con ellos. Forma parte del estribillo de las apariciones religiosas: Constrúyeme un altar, una capilla; por norma, la pequeña construcción acaba engrandeciéndose para dar cabida al creciente número de peregrinos.
También lo vemos en los cultos platillistas y sus concentraciones campestres, rastreando los cielos, ayunando y elevando oraciones de bienvenida.
Más allá de su ordinaria intromisión cotidiana, a través de los factores culturales que -siendo inspirados por ellos- creemos parte de nuestra idiosincrasia, ¿sería posible que estos entes emplacen a las masas a reunirse en un lugar concreto porque el factor grupal juega un papel importante en la acentuación de las emociones que a ellos les conviene?
Ciertamente, en las manifestaciones multitudinarias se aviva el fervor. La colectividad se nutre a sí misma, incrementando el elemento sugestivo, evocando las emociones propicias, facilitando el ajuste de la psique a una frecuencia determinada.
Tal vez esos entes precisen del consentimiento de los humanos para legitimar una acción depredadora sobre ellos. Eso explicaría la necesidad de agruparlos en creencias religiosas (también políticas, no me cansaré de repetirlo) en los que se promete obediencia al dios, al líder, y seguimiento a la doctrina.
Pero más aún: Los testigos principales de las teofanías que hemos conocido en este trabajo son interrogados por los entes que se les aparecen, sobre si consienten ser un sufrido y resignado instrumento para la conversión de masas. Bernadette de Lourdes y los pastorcillos de Fátima son buena muestra de ellos. No menos interesante es recordar que la Virgen aparecida a Catherine Labouré en 1830 le indica una oración que invita a rendirse a lo desconocido: María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti.
Se les pide que autoricen la intervención directa de un poder que, en aras de extenderse sobre las mentes más impresionables, les utilizará para personificar en ellos la viva imagen de la obediencia incondicional.Podría ser que esta burocracia, este mecanismo que exige conformidad del ganado para ser presa, se mantenga hasta que demos el paso de considerarnos suficientemente dignos (y comportarnos consecuentemente, claro) como para prescindir de tutores invisibles.
Puede que todo ello explique el primitivo e insistente interés que el mito ha evidenciado, desde que el mundo es mundo, por congregar a la multitud en lugares que se empeña en darle la denominación sagrada. El simple hecho de atribuirle a unos metros cuadrados semejante dignidad sirve de instrumento para facilitar al creyente el acceso al estado emocional deseado por los embaucadores.Ciertamente, no deja de ser una trampa, una maquinación respetada por el imaginario colectivo, de la que muy pocos logran sustraerse. La historia humana está trufada de episodios de guerra cuyo protagonista era un determinado lugar sagrado. Puede que ello sea uno de los más vergonzosos sucesos de nuestro currículo global. Ojalá llegase a ser parte del pasado y podamos contarle a las generaciones venideras que un día ya remoto fuimos tan rematadamente ignorantes y sacrílegos que otorgamos excelencia a un trozo de tierra.
Hasta que ese esperado amanecer llegue a ser una realidad, sirvan estos renglones para sumarme a las conciencias que denuncian cuan grande y doloroso puede llegar a ser nuestro oscurantismo. A los dos últimos adjetivos hay que sumar un tercero, siempre presente en asuntos de fe: sangriento.

HostilidadLos cátaros entendían que en nuestra dimensión se enfrentaban dos fuerzas opuestas, el Dios creador del espíritu, y el Demiurgo (comparable al Satán de las tres grandes religiones monoteístas), una deidad negativa que crea el mundo material. Lógicamente, los cátaros consideraban que todo poder espiritual fundamentado en poder terrenal -autoritario-, caso de la Iglesia Católica, era manifestación de ese dios negativo que está en conflicto con el Dios del espíritu.Esta visión tan certera sobre la naturaleza usurpadora y destructiva del papado los llevó a calificarlo como La Puta de Babilonia, expresión que aparece en el último libro bíblico, Apocalipsis. La Puta de Babilonia merece ser juzgada, según el profeta Juan, porque se acuesta con todos los poderes terrenales, siglo tras siglo…
Salvador Freixedo (1923), exjesuita gallego que ejerció el sacerdocio denunciando el clasismo de la Iglesia Católica, es una de esas voces maverick que bien merece ser escuchada. No sólo por sus constructivos trabajos de opinión sobre el cristianismo, sino por sus investigaciones en el terreno de la ufología.
La primera vez que el lector se acerca a su obra descubre que Freixedo ha puesto las palabras precisas a los pensamientos de muchos. Su verbo directo, irónico, protestón, siempre se agradece.
Dicho esto, es menester añadir que Salvador Freixedo observa el problema ovni desde una perspectiva teológica que no hace sino enriquecer el resultado de sus análisis. Para él, que fue sacerdote comprometido, crítico, censurado y expulsado, Yahvé -el Dios Único bíblico- no es sino un dios más, celoso, iracundo protector de sus adoradores. Yahvé conduce a sus cachorros humanos a sentir apego por un pedazo de tierra, y a matar por él. Tal es así, que induce al exterminio de los nativos del territorio que quiere entregarle a su pueblo.
(Freixedo va más allá cuando examina el misterioso paralelismo entre Yahvé y Huitzilopochtli, la deidad a la que adoraban los ancestros de los aztecas.)
El investigador gallego defiende la teoría del alimento de los dioses, esto es, que nuestro cerebro emite –en determinadas circunstancias- unas ondas que importan a esos seres. En su obra ¡Defendámonos de los dioses! afirma que la labor de los creadores del mito ‘consiste en propiciar estas circunstancias en las que el cerebro emite las ondas o radiaciones que a ellos les interesan’.
Por tanto, deduce él, los encuentros ovnis –dioses del pasado- propician ‘los estados anímicos en que el hombre puede producir esas vibraciones’. Estados relacionados con la expectación, el dolor, el sentido de la culpabilidad, como hemos visto anteriormente.
Pero no sólo de esas emociones se alimentan. La sangre aparece en el menú de los dioses antiguos, y en los contemporáneos. Yahvé se manifiesta como el mismísimo Demiurgo, el sangriento vengador, cercano en las formas a los míticos aliens de La Guerra de los Mundos, de H. G. Wells. Yahvé gusta de holocaustos, de animales degollados, igualándose a las demás deidades, asemejándose a los dioses del platillo volante…
Freixedo conoce bien América Latina y los casos que allí se han producido de encuentros ovni, en los que el ganado aparece muerto, perfectamente vacío de sangre, mutilado con gran precisión para extraérsele las vísceras. La sangre jugaría un rol energético similar al de las angustiosas emociones creadas en el cerebro.
John A. Keel (1930), periodista que ha centrado su trabajoso en el terreno ufológico desde una perspectiva cercana a la de Jacques Vallée, sostiene que muchas de las mujeres que han sido protagonistas de un episodio de avistamiento ovni cercano, en el momento de los hechos estaban durante el período menstrual…
Vamos con un caso espeluznante que ocurre el 5 de marzo de 1967. Localización: West Virginia. Una unidad móvil de la Cruz Roja, conducida por el joven Beau Shertzer recorre la autopista número 2, junto al río Ohio, en dirección al centro de Cruz Roja en Huntington. En la ambulancia, abundante cantidad de sangre donada. Acompañando al conductor hay una joven enfermera.
Aquella noche lluviosa se observa un objeto volador de color rosado que aparece tras una colina. La chica gritó asustada al ver aquello, preguntándose qué era, y el conductor le respondió que no se quedarían allí para descubrirlo, acelerando. Pero el ovni se coloca sobre el techo del vehículo. Acto seguido, el ovni saca dos brazos mecánicos (así los denominaron los horrorizados testigos), con la intención, parece ser, de capturar la unidad móvil.
El conductor baja la ventana y observa que, en efecto, el objeto está sólo unos metros sobre el vehículo. ¡Está tratando de atraparnos!, grita la muchacha, mientras el conductor acelera. Sin embargo, el ovni permanece sobre ellos, y así continuó hasta que por enfrente se aproximaron otros vehículos. Sólo entonces, el ovni abortó la operación y se marchó raudo. Los pobres chicos de la Cruz Roja fueron directos a la policía; allí contaron, histéricos, todo lo que les había pasado.

Este relato fue conocido en primera persona por Keel, quien opina que el fenómeno ovni es una mala interpretación de ese Sistema de Control que estamos tratando de conocer.
Otra muestra que nos indica la naturaleza de los supuestos alienígenas la tenemos en la prueba médica de la que fue objeto Betty Hill en su experiencia de abducción, año 1961, con la introducción de una aguja en el ombligo de la paciente, no es un caso único. Jacques Vallée señala como precedente una representación del siglo XV, aparecida en un calendario francés, en la que se ve a un grupo de demonios con enormes agujas en sus manos, pinchando a varias mujeres en la zona del vientre. También se pregunta horrorizado ‘¿qué tipo de médicos son (los supuestos extraterrestres) para traumatizar a cientos de pacientes con la única finalidad de tomar muestras de sangre y algunos embriones? Cualquier médico de hoy en día puede extraer un centímetro cúbico de sangre sin dejar cicatriz ni marca alguna. (…) Los ufonautas deberían regresar a la escuela de medicina’.
En la obra de Vallée abundan los relatos que evidencian una indudable similitud entre los antiguos encuentros con criaturas no humanas (hadas, trolls, gnomos, demonios, etc) y los actuales episodios de contacto con seres supuestamente extraterrestres. Los raptos, los encuentros sexuales con los denominados ‘ángeles’, incluso los hermosos encuentros con elfos y hadas, tienen su punto de encuentro en el Inconsciente Colectivo, que podría ser un canal de contacto con otras dimensiones.
Hay experiencias simpáticas, como la vivida por Joe Simonton, cuando en 1961 fue visitado por unos seres de pequeña estatura que le ofrecen galletas; esta encajaría perfectamente en cualquier narración folclórica de la Europa de siglos pretéritos. Lo mismo puede decirse de lo vivido en 1964 por Gary T. Wilcox, cuando dos criaturas -según ellas provenientes de Marte- se le acercan solicitando un poco de abono.
En el apartado de los raptos destaca el sufrido por José Antonio da Silva, un soldado de Bebedouro, estado de Minas Gerais, Brasil, en 1969; secuestrado durante unos cuatro días por entes enanos, de apariencia ruda, con barba y largas trenzas, hasta que fue liberado a trescientos sesenta kilómetros de su lugar de origen.
Durante su cautiverio le ofrecieron ser su intermediario en la Tierra, a lo que da Silva se negó. Acto seguido se puso a rezar el rosario, lo que hizo enfurecer a las entidades, que le arrebataron el objeto. Entonces, el joven soldado tuvo la visión de un ser que identificó con Cristo (con la idea occidental que de él se tiene), pies descalzos y túnica, que le comunicó algunos mensajes. De nuevo, jugando con la curiosidad que rige el fenómeno religioso…
Resulta llamativo este último elemento del relato, nada anecdótico, que revela el contenido simbólico y psicológico de un episodio en el que se pueden ver las conexiones ovni-religión. Pareciera que, puesto que Antonio da Silva inicialmente no accede a ser un intermediario de sus secuestradores, estos se ven obligados a recrear una imagen religiosa que venza su negativa. Estamos, posiblemente, ante uno de los más representativos ejemplos de cómo el mito no es sino un artificio construido para jugar con nuestras emociones.
La experiencia vivida por da Silva demuestra la hostilidad que en ocasiones evidencia el fenómeno. Siglos atrás, los entes que secuestran al soldado serían calificados como demonios.
La Europa medieval está llena de narraciones sobre súcubos (espíritu demoníaco, aparentemente femenino, que mantiene relaciones sexuales con un hombre), y otros entes oscuros, como los jinn. En realidad estamos hablando de muchas denominaciones para un mismo tipo de ser, interesado en relacionarse con los humanos de una forma lucrativa.
Muchas de esas entidades no obedecen a los rezos cristianos, ni a objeto sagrado alguno. Es más, sospecho que los exorcismos son una lucha entre dos fuerzas mentales, la del ente poseedor y la de quien pretende expulsarlo de la materia tomada. No se paran ante una cruz, sino ante la fuerza de la convicción y la seguridad.
En realidad, los demonios forman parte de la cultura universal, no sólo de la cristiana, como podría pensarse en un principio. Se les describe como incorpóreos aunque pueden tomar forma física, no necesariamente humana.
Tal vez debiéramos entender que los que ayer fueron considerados demonios hoy pueden ser llamados alienígenas grises, peludos seres de la galaxia. Su comportamiento los asemeja. Su capacidad para dominar la materia también.
La superioridad del otro lado, demostrada en su capacidad para acceder a nosotros, y su desinterés en mostrarse abiertamente, parecen indicar que pocos serán los avances en nuestro conocimiento sobre ellos y sus intereses. Entretanto, se precisa una mayor implicación de las diversas disciplinas científicas a la hora de profundizar en las experiencias que, día a día, se siguen produciendo. De ese modo podríamos llegar a comprender mucho mejor la naturaleza de las fuerzas que se expresan, y su origen.
No obstante, todo ello podría ser insuficiente. Sospecho que las claves no están en la apariencia que ellos nos muestran, sino en el cuestionamiento de lo que nosotros hemos considerado la realidad.
Paradójicamente, puede que las apariciones de entes sobrenaturales no tengan su respuesta satisfactoria en la observación del fenómeno en sí, sino a través de controvertir sobre los pilares de nuestro paradigma, para tener una percepción más clara de quiénes somos y nuestra relación con todo lo creado. Puede que las pesadillas de nuestra historia tengan respuesta en algunos de esos seres, que si bien no son una amenaza directa y evidente, no son tampoco una ayuda práctica a nuestra evolución.
¿Qué hay más allá de lo evidente? ¿Realmente podemos decir que no son hostiles? La respuesta, en El Príncipe, obra de Nicolás Maquiavelo (1469-1527): ‘El príncipe que anexe una provincia de costumbres, lengua y organización distintas a las de la suya, debe también convertirse en paladín y defensor de los vecinos menos poderosos, ingeniarse para debilitar a los de mayor poderío y cuidarse de que, bajo ningún pretexto, entre en su Estado un extranjero tan poderoso como él. (…) Porque nada hay mejor para conservar –si se la quiere conservar- una ciudad acostumbrada a vivir libre que hacerla gobernar por sus mismos ciudadanos. (…) Los nobles, cuando comprueban que no pueden resistir al pueblo, concentran toda la autoridad en uno de ellos y lo hacen príncipe para poder, a su sombra, dar rienda suelta a sus apetitos. (…) Agréguese a esto que un príncipe jamás podrá dominar a un pueblo cuando lo tenga por enemigo (…) Por todo ello, un príncipe hábil debe hallar una manera por la cual sus ciudadanos siempre y en toda ocasión tengan necesidad del Estado y de él. Y así le serán siempre fieles. (…) que los príncipes deben encomendar a los demás las tareas gravosas y reservarse las agradables. (…) Movidos por estas razones, según creo, los venecianos fomentaban en las ciudades conquistadas la creación de güelfos y gibelinos (facciones enfrentadas); y aunque no los dejaban llegar al derramamiento de sangre, alimentaban, sin embargo, estas discordias entre ellos, a fin de que, ocupados en sus diferencias, no se uniesen contra el enemigo común. (…) Y, por encima de todo, el príncipe debe ingeniarse por parecer grande e ilustre en cada uno de sus actos’.
Las recomendaciones del renacentista italiano, más allá de su evidente vigencia en la infecta política internacional, resultan muy útiles para comprender el modo en que el mito opera sobre nuestra psique y –consecuentemente- sobre nuestro mundo.
En definitiva: ¿Por qué habrían de mostrar los titiriteros del mito una hostilidad evidente si somos lo suficientemente estúpidos como para dejarnos dominar por un mezquino -semejante a nosotros- que siga sus directrices?
El mito nos divide y empuja a enfrentarnos. Nosotros llamamos a ese esfuerzo ‘guerra’, y se trata de uno de los grandes negocios, si no el más floreciente. Su utilidad está fuera de toda duda, como herramienta para generar dinero, para menoscabar las fuerzas del rival (enfrentándole a un tercero), etc. Avivar oscuramente las diferencias entre vecinos, etnias, confesiones diferentes, ha sido uno de los macabros elementos más usados por el poder, hasta nuestros días.
El país que hostiga se convierte en la mano en la penumbra, induciendo a un conflicto entre otros, siempre sin dejarse ver en la escena político-militar, pasando desapercibido. De ese modo tan siniestro se logra arruinar la economía de sociedades que podrían llegar a hacer sombra al poder omnívoro que esquilma los recursos ajenos.
En la actualidad, el más claro ejemplo del poder depredador está representado en Estados Unidos, aunque no es –ni mucho menos- el único. Su estructura empresarial dedicada a la venta de armas vive en la gloria, cerrando negocios con países aliados que, sin embargo, son terribles dictaduras. Es el caso de Pakistán y Arabia Saudí, situados en el primer y tercer puesto, respectivamente, en la lista de naciones compradoras de armamento estadounidense.
Si Estados Unidos es el primer exportador mundial de armas, Reino Unido ocupa el tercer lugar. Las estadísticas indican que los países en desarrollo son los principales compradores, acaparando el 71,5% de las transferencias bélicas.
La realidad indiscutible, de la que se hacen eco organizaciones independientes como Amnistía Internacional, es que las armas van, la mayoría de las veces, a manos de regímenes que las usan contra población civil.
Veamos unos ejemplos: determinadas piezas que integran el helicóptero militar chino Z-10 son vendidas por parte de Italia, Canadá, Reino Unido y Estados Unidos. Dichos helicópteros son vendidos por China a Sudán, que –posiblemente- los ha usado contra poblaciones civiles. Lo mismo ocurre con vehículos blindados que se exportan a países donde las violaciones de los derechos humanos son el pan de cada día: Sudáfrica vende a Uganda e Indonesia; Egipto hace lo propio (con tecnología alemana) a Argelia, Sudán y Congo.
Israel recibe helicópteros Apache directamente de los Estados Unidos (de la Boeing), pero las piezas de los mismos parten de Reino Unido, Países Bajos e Irlanda.
Estos son sólo algunos ejemplos de cómo los países ricos alimentan a los países en conflicto, asunto que no aparece en la prensa diaria, ni en las campañas electorales, y que debería ser motivo de escándalo.Un aspecto poco evidente respecto de las oportunidades que las guerras ofrecen -en esta ocasión, exclusivamente para los entes que están en el otro lado- es la capacidad demoledora de los conflictos armados sobre la cultura de una sociedad. Cuando un pueblo está ocupado en destruir al contrario, no sólo se producen muertes evitables, sino que se incuban odios que muy difícilmente podrán ser sanados sino con más sangre derramada. Entretanto, la sociedad en cuestión, como alimento de los dioses, se consume –generación tras generación- sin poder salir de la tediosa y destructiva espiral de asolar, construir, asolar.
No hay que irse demasiado lejos… Amnistía Internacional informa en noviembre de 2007, en un documento sobre política exterior española en los últimos dos años, que el gobierno margina los derechos humanos en sus relaciones con países como Rusia, China, Estados Unidos y Colombia, dando preferencia a sus intereses económicos, estratégicos y políticos.
El informe no olvida a las 350 personas que permanecen ilegalmente encerradas en la base de Guantánamo. Ni olvida la vergonzosa complicidad de España y otros países europeos con los vuelos de la CIA que secuestraban personas sospechosas de ser terroristas. Todo sea por no disgustar al imperio. A la postre, Europa no es sino una enorme plaza de mercaderes en la que confluyen unos cuantos países.
En esta eterna cuestión de la sangre estúpidamente derramada encajan a la perfección las palabras de Morfeo, uno de los personajes de la película Matrix (1999): ‘¿Qué es Matrix? Control. Matrix es un mundo imaginario generado por ordenador. Construido para mantenernos bajo control y convertir al ser humano en esto (muestra una batería eléctrica)’.
Definitivamente, somos presos de nuestras elecciones hechas a la ligera, y de nuestros sonoros silencios. Somos presos de los psicópatas que dirigen el mundo, y –por encima de todo ello- somos presos de nuestra ignorancia, que nos hace seguir adorando a los demoníacos dioses.
En la introducción dije que la supeditación al mito religioso es el culmen de las deficiencias psicológicas y emocionales de nuestra especie. Añadiré que lo mismo acontece con el mito político, versión laica de esas mismas carencias.
Un mito político que hoy hace suya la preocupación de quienes claman alertando sobre el cambio climático. El pancartero mito político elige un día internacional para la causa; y los mesías del ecologismo -que antes tuvieron responsabilidades en gobiernos y hoy cobran millones por conferencia- nos llaman a ser sus discípulos y luchar para salvar el mundo. ¿Salvar el mundo? Salvad el mundo, decretan con solemnidad los redentores, aunque bien poco hicieron por ello cuando el poder estaba en sus manos. Hipócritas. Ahora ganan dinero, prestigio y reconocimiento, alertando que todo el sistema podría irse al carajo. Puro egoísmo. De ser cierto que el calentamiento global es consecuencia de la acción del hombre, los menos adecuados para exigir acciones para resolver el problema son esos payasos, líderes reciclados que trabajan para multinacionales; políticos inmorales que cuando ejercían responsabilidades ninguneaban a los débiles y socorrían los negocios de los fuertes.
Ahora parecen preocuparse por un mal que podría afectar a todos, ayer fueron los mismos egoístas que sólo les inquietaba proteger sus intereses a toda costa. ¿Tan bien lo hacen que logran que creamos que su preocupación es sincera cuando antes han sembrado la Tierra de destrucción? ¿No era salvar el mundo poner punto y final al militarismo? ¿No lo era no comerciar con tiranos ni mantenerlos en el poder? Inmundicia.