martes, 31 de mayo de 2011

LA AMENAZA (3)

Hola, amigos. Seguimos conociendo el trabajo del Dr. Jacobs. Entramos en el capítulo tercero, si bien es lo suficientemente extenso como para fraccionarlo. Aquí tenemos la primera parte, que tendrá continuidad en los próximos días con el resto del capítulo 3, Sombras de la mente:

LA AMENAZA
The Threat – Revealing the Secret Alien AgendaPor
Dr. David Jacobs

He recibido miles de llamadas de teléfono y cartas de personas que tienen recuerdos de inusuales experiencias que les han inquietado sobremanera. Han buscado en vano, durante años, el origen de esos recuerdos. Piensan que yo, tal vez, pueda ayudarles. Por supuesto, el que una persona haya vivido experiencias fuera de lo corriente no necesariamente significa que haya sido abducida. A este respecto, he diseñado un método de exploración que me permite identificar a quienes no son serios en su búsqueda de una respuesta (y podrían estar, simplemente, tonteando), aquellos que no están emocionalmente preparados para adentrarse en la observación de lo que han vivido, y aquellos otros que no han tenido, según estimo, experiencias que nos sugieran que se trata de abducidos.
En principio, de forma deliberada les hago realizar una serie de tareas. Les pido que rellenen un cuestionario sobre las experiencias que les llevaron hacia lo vivido, y sobre otras que, sin ellos haberse dado cuenta, podían haber sido parte del fenómeno de las abducciones (por ejemplo: ¿Alguna vez has visto un fantasma?). Les pido que me envíen el cuestionario completado, que yo analizo, tras lo cual decido si tal experiencia es, o no, suficientemente significativa como para justificar más investigación mediante la hipnosis. Cuando vuelvo a hablar con ellos trato de persuadirles de que no miren dentro de lo que podríamos llamar la ‘Caja de Pandora’. Les doy sólidas y honestas advertencias sobre los riesgos de adentrarse en una hipnosis que desvelará un evento de abducción: podrían padecer depresión, alteración del sueño, aislamiento emocional, etc. En efecto, se exponen a cambiar un problema por otro. Así que les animo a que comuniquen su decisión a sus seres queridos, y que posteriormente me llamen. Luego les hago saber, de nuevo, mis advertencias, que les envío por escrito, de forma que puedan tomar una decisión lo más informados posible.
Alrededor del 30 % que se pone en contacto conmigo decide no someterse, en ese momento, a la hipnosis. Para ellos es la decisión correcta, sin importar cuales sean sus motivaciones. A quienes deciden sí seguir adelante con el proceso, les vuelvo a reiterar mis advertencias y, si asumen su decisión, acordamos una cita para llevar a cabo una sesión. Para cuando llegan por primera vez a la sesión de hipnosis regresiva, yo ya he insistido suficientemente sobre los riesgos que podrían surgir de una regresión. Igualmente, son conscientes de que aquello que emerja de ella no necesariamente tiene que ser preciso o, incluso, cierto.
Cuando, finalmente, llegan a mi casa, subimos las escaleras que conducen a mi oficina y charlamos durante una o dos horas antes de que la hipnosis dé comienzo. Habremos acordado sobre qué suceso concreto de sus vidas deseamos investigar durante esa sesión. Podría tratarse, por ejemplo, de una ocasión de ‘tiempo perdido’ (missing time) o un incidente en el cual despertaron del sueño y advirtieron la presencia de pequeños seres alrededor de su cama. Después se tienden en el diván, cierran los ojos y los conduzco a una relajación que les permita concentrarse. En esa primera sesión, habitualmente, el paciente se siente desconcertado, pues no advierte un estado de hipnosis que lo saque se su forma habitual; puede debatir conmigo, ir al lavabo, y está completamente en control de sus constantes.
Nunca sé qué es lo que va a surgir en una sesión de hipnosis. Si el paciente recuerda un evento de abducción –y hay falsas alarmas, cuando parece que una abducción podría haber tenido lugar pero nunca la hubo-, empiezo a realizar preguntas prudentes, a modo de simple conversación que sigue el hilo que el sujeto comienza.
Algunos abducidos narran sus experiencias con una cierta distancia e imparcialidad, observando lo ocurrido en el pasado desde un punto presente; otros reviven el suceso como si estuviesen precisamente en el momento en que aconteció. Unos están calmados mientras recuerdan y otros tan aterrados que se les hace muy difícil continuar, por mucho que yo les trato de facilitar la regresión.
Hay quienes recuerdan lo vivido entre titubeos, como si los recuerdos brotasen a cuentagotas, mientras que otros tienen dificultades para describir sus experiencias, pues sus recuerdos parecen ser arrastrados por la corriente. Casi todos los abducidos recuerdan sus vivencias con una combinación de asombro, sorpresa y familiaridad.
Cuando han concluido la regresión, recuerdan lo vivido y hablamos de ello por un tiempo; cuando deja mi consulta han transcurrido unas cinco horas.
A pesar de las advertencias que les doy y de las discusiones preliminares al respecto antes de la primera regresión, sobre el 25 % de los pacientes no continúa con el proceso; están demasiado asustados para proseguir. Pero con aquellos que sí siguen adelante, mis sesiones con ellos son tantas como puedo. Desesperadamente quieren comprender qué les ha ocurrido y cómo les ha afectado en sus vidas. He llegado a conducir hasta treinta y tres sesiones con un solo individuo, aunque el promedio de los 110 abducidos que he tratado es de seis sesiones. Habitualmente no hago dos regresiones sobre un mismo evento de abducción.
Mi cuestionario no es del tipo interrogatorio. Intento establecer intercambio informativo con el abducido, después de estar seguro de que no les influiré, ni siquiera involuntariamente. Los llevo a que piensen cuidadosamente en los eventos, tratando de darles la perspectiva y la habilidad de analizarlos, tal como ellos recuerdan. Y sobre todas las cosas, trato de normalizarlos, de tal modo que los abducidos puedan liberarse a sí mismos del inconsciente agarre emocional que el fenómeno les provoca a lo largo de sus vidas.
Procuro de darles la fuerza que les permita desvincularse a sí mismos respecto de los efectos psicológicos de la abducción, de forma que puedan seguir con normalidad sus vidas, sin pensar constantemente en su situación. Me gusta llevarlos al punto en el que no sienten más la necesidad de buscar a un hipnotizador que les permita comprender lo que hasta entonces les ha venido pasando.
La hipnosis es sencilla. En tanto que una persona quiera ser hipnotizada, cualquiera puede llevar a cabo el proceso. El problema estriba en hacer las preguntas adecuadas, del modo efectivo, en el momento preciso, e interpretando las respuestas correctamente.
La dinámica correcta entre hipnotizador y abducido depende del conocimiento que el primero haya adquirido sobre el fenómeno de las abducciones, la práctica de la hipnosis, y las ideas preconcebidas que lleve consigo a la hora de realizar la terapia.
Adicionalmente, el hipnotizador debe ayudar al paciente a sobrellevar los traumáticos recuerdos, interviniendo terapéuticamente durante la sesión y proporcionándole consuelo. De este modo, un hipnotizador competente debe tener conocimiento profesional sobre hipnosis, sólido conocimiento del fenómeno de las abducciones, estar familiarizado con la ‘falsa memoria’, y destreza en cómo desarrollar una terapia. Desafortunadamente, sólo hay unos pocos individuos con semejantes cualificaciones.
Todos los investigadores competentes aprenden rápidamente que la memoria es volátil y poco fiable. No es infrecuente que una persona recuerde los detalles de un evento traumático de manera errónea. Los investigadores han demostrado que se puede hacer recordar algo que jamás ha ocurrido. Una conversación informal, pero deliberada, sobre un evento, puede dar paso a la ‘instalación’ en el paciente de un recuerdo que carece de toda base real. Además, con el paso del tiempo, la memoria se degrada, los sucesos se mezclan unos con otros, y la fantasía se superpone a la realidad.
Fui extremadamente afortunado al haberme topado con la realidad de las mentes volátiles desde la primera vez que conduje una sesión de hipnosis regresiva. Melissa Bucknell -de 27 años- y yo, estábamos de acuerdo desde antes de comenzar la sesión, en investigar un incidente que ocurrió cuando sólo tenía seis años. Ella comenzó a describir cómo jugaba con una amiguita en el campo, cuando se inclinó para observar de cerca una mariposa y se quedó paralizada en esa posición. Seguidamente, se encontró a sí misma elevándose hasta que se adentró en un ovni que flotaba en el aire. Allí, unos seres de extraña apariencia le quitaron el vestido y la colocaron sobre una mesa, donde le realizaron todo un examen físico y, para su vergüenza, hasta una prueba ginecológica.
Tras esto, un alienígena con apariencia bastante cercana a la humana –a quien Melissa llamó ‘Sanda’- la condujo hasta un vestíbulo donde la niña se encontró con una criatura de pequeña estatura. A Melissa se le hizo tocar la cabeza del pequeño alien e, inmediatamente, sintió amor, calidez y cariño procedentes del ente. Posteriormente, Sanda la introdujo en otra sala, donde se estaba celebrando una especie de reunión de muchos aliens, todos sentados alrededor de una mesa, debatiendo sobre cuán brillante, fuerte y buena era Melissa, y que así sería también de adulta. Tras todo esto, la niña fue conducida a un vestíbulo, donde se la vistió antes de ser devuelta al campo de donde había sido tomada.
Aquella noche, tras la sesión, traté de escuchar la grabación de audio que le hice a Melissa, y –para mi horror- descubrí que la paciente había hablado tan suavemente que nada había quedado registrado. Así que, bueno, continué trabajando con Melissa y, tres meses después de aquella primera sesión, sugerí volver a aquel suceso que ella había narrado, explicándole lo que había ocurrido con la cinta de audio. En esa nueva ocasión, la paciente estaba menos segura de lo que había sucedido; se describió a sí misma flotando dentro del ovni, recordó la parte del examen físico relativo a la parte ginecológica (relato que volvió a avergonzarla), cómo la levantaban de la mesa, la vestían y, finalmente, devolvían al campo. Para mi sorpresa, no relató el episodio del encuentro con el pequeño alienígena al que tocaba la cabeza y del que sintió su amor. Tampoco hubo mención al consejo de entidades reunidas alrededor de la mesa, dialogando sobre las cualidades de la niña.
Quedé perplejo. Durante la primera sesión, Melissa me había hablado con gran convicción y emoción del encuentro con el alienígena de pequeña estatura, pero ahora que yo le preguntaba al respecto, ella no estaba tan segura de que tal episodio hubiese ocurrido realmente. También le pregunté sobre el consejo de aliens alrededor de la mesa, y su respuesta –tras pensar sobre ello por un instante- fue que, tal vez, dicho episodio fue vivido por una amiga suya, también abducida. De lo que Melissa estaba bastante segura era de que no le había ocurrido a ella.
Esta experiencia me enseñó una valiosa lección, ya que me había dado cuenta de que, aún con entera honestidad y sinceridad, los abducidos podían, algunas veces, recordar cosas que no eran ciertas. Así que me decidí a trabajar con una estricta metodología que me permitiera estar vigilante ante falsos recuerdos. En tanto que mi investigación progresaba, cuando un abducido me informaba de algo que yo nunca había escuchado antes, yo esperaría por una confirmación de otro abducido desconocedor del testimonio primero. Cuidadosamente cuestioné cada inconsistencia, laguna o salto lógico. Trabajé por una completa cronología de los hechos, segundo a segundo, de cada evento de abducción, sin saltarme nada, sin lagunas u omisiones.
Nunca más volví a escuchar otro relato de abducido al que se le hubiese requerido tocar la cabeza de un alienígena y recibir así emociones amorosas. He escuchado algunos episodios de aliens sentados tras un escritorio, desde donde hablan al abducido, pero en circunstancias distintas a las narradas por Melissa. Además, Melissa nunca volvería, tras más de treinta sesiones conmigo, a mencionar un suceso similar. Todo lo cual sugiere que ella podría haber absorbido, inconscientemente, un fragmento de memoria procedente de su amiga abducida, estando confusa sobre otros detalles.
Melissa Bucknell me ha hecho un tremendo favor, pues me ha enseñado los peligros extraer testimonios mediante hipnosis. Fue una lección que agradezco haber aprendido, pues se trata de una de esas cuestiones que todo hipnotizador e investigador del fenómeno debiera aprender.

Recuerdo de un suceso normal
Lo que es un ‘recuerdo normal’ no es fácil de comprender. Los neurólogos saben que el cerebro humano registra sucesos a los que otorga, por así decirlo, un código de prioridad. Por ejemplo, recordar un crimen del que has sido testigo recibe por tu parte una mayor prioridad que el recuerdo de a quién te cruzaste paseando por la calle. Esto es así porque el cerebro organiza todo su material sobre la base del impacto sensorial. En primer lugar toman lugar los detalles surgidos de lo visual, lo auditivo, lo olfativo, y lo táctil, en memoria a corto plazo; después, si fueran suficientemente importantes, almacena esos detalles en la miríada de espacios neuronales que dan forma a la memoria a largo plazo.
El cerebro posee un sistema de recuperación de datos que trae al consciente, por variados medios, los recuerdos: pensando acerca del suceso en cuestión, permitiendo que otro suceso provoque el recuerdo de esos datos. También se puede hacer emerger ese recuerdo mediante una señal determinada, un sonido, aroma, o tacto. La memoria también puede residir en la consciencia de uno, sin un mecanismo que haga saltar recuerdos, como sucesos traumáticos difíciles de olvidar.
La memoria no se almacena de manera lineal, sino en una base de datos ‘relacional’, donde varios bits de memoria están depositados en varios espacios neuronales. La fecha y la hora de un evento son colocados en un espacio concreto, el lugar donde se produjo el hecho es colocado en otro, los sonidos relacionados con el suceso en otro, y del mismo modo sucede con respecto al color, los aromas, sensaciones, etc. Cada uno de esos fragmentos de memoria puede ser eventualmente olvidado; es susceptible de deteriorarse hasta deformarse por completo. Algunas veces, una persona recuerda un fragmento de memoria que únicamente tiene sentido si el sujeto inconscientemente crea un escenario para ese fragmento de memoria, incluso si se trata de un escenario ficticio creado para incorporar ese fragmento.
Dada la complejidad de la memoria, es de esperar que muchos críticos del fenómeno de las abducciones argumenten que las abducciones son sólo creaciones mentales, trampas que le juega la mente al individuo. En ese sentido, los críticos afirman que las abducciones pueden explicarse como consecuencia del síndrome de falsos recuerdos y la contaminación cultural (cine y televisión) de la mente. ¿Son válidas sus objeciones?

Continuará con ‘Síndrome de falsa memoria’ (Capítulo 3)

2 comentarios:

María Simón dijo...

Gracias Tavo.

Tavo Jiménez dijo...

Gracias a ti, María Simón, por tu interés. Un abrazo. Tavo.