viernes, 18 de junio de 2010

Evolución & Conciencia (1)

Diferencias entre mente humana y Conciencia de Ser. Lo primero que diferencia a la una (Conciencia) de la otra, es que la primera no es esclavista y opera, pues, desde la libertad, con vocación evolutiva. La Conciencia-Sabiduría opera entre amplios parámetros que tienen en cuenta –en toda deducción, análisis, acto- la evolución de uno mismo y el bien general. Aspectos estos que la mente humana –sumisa como consecuencia de estar estancada en el lodazal de la ignorancia del Sistema de Control- desprecia.

Diferenciación de actitudes

(Por diferenciación se entiende a la determinación de las diferencias entre personas o cosas.)
Podríamos decir que la inteligencia, en el campo que estudia la relevancia de las emociones en el desarrollo cognitivo, se compone de dos vertientes que son complementarias:
Inteligencia intrapersonal: la capacidad para comprenderse uno mismo, apreciar los sentimientos, temores y motivaciones propios.
Inteligencia interpersonal: la capacidad para comprender las intenciones, motivaciones y deseos de otras personas.
Todo comportamiento físico tiene su origen -como acción emocional e intelectual- en la psique.

*Si el proceso mental está muy ligado a la ignorancia (especialmente al atavismo), al desconocimiento de cómo opera la inteligencia emocional (1), ese comportamiento creará, consecuentemente, más ignorancia y su tóxico derivado: dolor. La ignorancia siempre conlleva (aunque no se manifieste en la inmediatez) la creación de sufrimiento, tanto en quien lo crea como en quienes se relacionan con él.

(1) Inteligencia emocional es la capacidad para reconocer sentimientos propios y ajenos, y el conocimiento para manejarlos. El término fue popularizado por Daniel Goleman, con su célebre libro: Emotional Intelligence, publicado en 1995. Goleman estima que la inteligencia emocional se puede organizar en cinco capacidades: conocer las emociones y sentimientos propios, manejarlos, reconocerlos, crear la propia motivación, y gestionar las relaciones.

*Si el proceso mental está más despegado de la ignorancia, sus consecuencias será más positivas; el comportamiento físico de él derivado creará circunstancias y experiencias más saludables que en el caso anterior. El conocimiento, el desarrollo de la inteligencia emocional, siempre proveerá satisfacciones, dentro de que no es la panacea.

En según qué proceso mental, nace una sistematización, una actitud: Actitud pasiva o involucionista; actitud activa o evolucionista. Se entiende que aquí estamos para trabajar por la segunda.
Así, pues, de forma muy básica -mediante la diferenciación de actitudes- elegimos y definimos las bases sobre las que trabajar.
Las actitudes que habremos considerado sanas (activas – evolucionistas) pasarán a ser consideradas parte de un mismo, del alma (psique). Esas actitudes conscientes nos comienzan a definir. Con ellas somos nosotros mismos.
Las actitudes que habremos considerado insanas (pasivas – involucionistas) quedarán definidas como ausentes del concepto somos nosotros mismos. Su procedencia es la ignorancia. Con ellas no somos nosotros mismos.

Características de la Mente Humana y la Conciencia

Reactiva. Por su conexión al Sistema de Control, y el hábito de haberse formado en un ambiente escasamente cultivado, la mente posee resortes de blindaje. A veces los llamamos ‘ego’, y entiendo que ese término describe bien –aunque sólo en parte- la función reactiva, que hace que la psique se ponga en guardia. Esto ocurre no sólo cuando el ego del individuo se siente comprometido o acorralado, sino que va más allá: la psique hace defensa irracional del conjunto al que siente pertenencia, sea familia, país, cultura, raza, religión.
Por el contrario, la Conciencia manifiesta su condición de Sabiduría en términos de paciente reflexión.
Receptora. Es preciso, por parte del Sistema de Control (SC) que los esclavos desconozcan el poder expansivo y transformador (evolutivo) de una psique liberada, que funciona más allá de la recepción de directrices del SC y sus secuaces físicos. En este paradigma, la mente del ser humano es un mero receptor de las directrices dictadas por otros. De ese modo, las proclamas del SC se amplifican de cuerpo a cuerpo, pues sin mentes que sean emisoras de Conciencia, las masas únicamente actúan físicamente como entes dependientes, propios de zombies y autómatas.
El que la psique del esclavo sea permanentemente receptora logra densificar un hábito realmente destructivo, el de la pereza, que es otra característica de este nivel mental. Es fácil de comprender que –en términos netamente humanos- es más gustoso recibir que dar. Es menos complicado escuchar que razonar por uno mismo. Es más cómodo que otro sea quien resuelva la ecuación, quien dé la respuesta, en vez de uno mismo.
Se entiende, pues, que no existe proceso descondicionador que sea efectivo si no se opera desde una Conciencia Emisora que elabora en procesos mentales que acaban manifestando actos plenos de Vida. Aquí cabe añadir que tanto verbalmente, como por escrito y por hechos físicos, la Conciencia está emitiendo su propia onda hacia el exterior, al tiempo que nos retroalimenta y, por tanto, fortalece en nuestra identidad de seres. Así que podemos añadir que la mente de ser es plenamente activa, en su reflexión introspectiva y externa.
Reduccionista. En el lenguaje (que se pervierte a conveniencia) se muestra su simplicidad, desviando las cuestiones trascendentes que pueden dejar en evidencia sus fallos, que pueden hacerle perder poder en beneficio de la Conciencia. Ejemplo: enmarca los hilos (invisibles) que mueven el SC dentro del ámbito de las creencias (¿Crees en los ovnis?); divide a los seres humanos entre creyentes y racionalistas, elevando ambos aspectos (fe y razón extremas) a los altares, ausentando en ambos el sentido crítico que califica (también en ambos casos) la disidencia de fantasía, herejía o blasfemia.
Ese simplismo reduce la complejidad a límites increíbles. Convierte los procesos en eventos. Consecuentemente, la mente humana es ritualista; gusta de ceremonias en las que la estética juega con la solemnidad y la euforia, estresando las emociones del cerebro límbico.
Consecuentemente, es eufórica, acostumbrada a ir tras emociones fuertes. Necesitada de esas emociones, la calma y la serenidad propias de la Conciencia no son estados deseados. Como es lógico, la mente eufórica no tiene nada que ver con la mente paciente del ser, sino que va tras la inmediatez. Consecuentemente, la mente de ser es perseverante, inmutable en su propósito de establecerse en su cuerpo-templo, mientras que la mente humana es inconstante y volátil.
La mente humana es contradictoria, teniendo un conflicto entre lo que dice y lo que finalmente hace.
La Conciencia, sin embargo, actúa en conformidad con lo que dice sentir. Y si en algún momento produce una contradicción en sus actos que afectase a un tercero, en vez de huir hacia delante, trataría de reparar el error causado. Tenemos, pues, que la mente del ser es humilde, reflexiva y rectificadora; y no sólo pidiendo disculpas, sino reparando. Definitivamente, la Conciencia necesita que su cuerpo-templo evolucione no dejando atrás conflictos sin resolver.
Atávica y conservadora. Acaso por el miedo a la muerte, esta mente sustituye la verdadera identidad de ser por otra grupal que sutilmente no tolera la unicidad y la diferencia. La mente humana actúa en términos grupales, siendo sumisa a los dictados de la mayoría, por lo que tiende a seguir lo que le muestra la apariencia, y a moverse hacia los demás en esos términos. Cuando va más allá de lo racional, la mente humana se rige por fe en algo externo, mientras que la mente de ser actúa por confianza.
Por el contrario, la Conciencia va más allá de la apariencia y tiene una visión panorámica, lo que le permite advertir momentos de sincronicidad, leer señales y arquetipos. En ese sentido, es una mente metafísica y metalógica; podríamos decir, pues, que va más allá de lo que se muestra en el aparente marco material.
La sumisión y dependencia de la mente humana tiene su opuesto en la independencia y soberanía de la Conciencia, que se expresa sin miedo, haciendo partícipe al cuerpo-templo de la inmortalidad. Su centro de gravedad es el universo inmaterial, frente al apego a la materia de la mente humana, que la hace acaparadora.
Por encima de cualquier otra consideración, la mente de ser es justa y ecuánime, así como inconformista.

Uno de los libros de la Biblia se llama ‘Sabiduría’. Veamos las concordancias con nuestro propio trabajo:
Se nos define así a la Sabiduría: está ligada al amor a Dios, a la justicia y el pensamiento recto; está ausente de los que actúan maliciosamente, con engaño, y de quienes piensan insensatamente y hablan embustes y crueldades; no mora en quienes dan preferencia a gozar la vida humana sin valorar que esta (la vida humana) es un mero instante en la eternidad. Ni en quienes se jactan de su posición y son altaneros. Tampoco en los envidiosos: ‘No iré con el que de envidia se consume, porque la envidia no tiene nada que ver con la sabiduría’.
Se explica que el cuerpo-templo en su ser manifiesta la sabiduría divina mediante la confianza en que Dios es su protección: ‘Las almas de los justos están en las manos de Dios y el tormento no los alcanzará’. De los no justos dice: ‘Pero los impíos, conforme a sus pensamientos, tendrán su castigo (propia consecuencia), pues despreciaron al justo y se apartaron de su Señor (Ser)’. El cuerpo-templo en su ser obra en sabiduría cuando actúa en prudencia: ‘Porque glorioso es el fruto de los buenos trabajos, y la raíz de la prudencia es imperecedera’.
Se nos da a comprender que vivir en Sabiduría es no atender a los resultados inmediatos, sino trabajar con vistas a tiempos imprecisos: ‘Pues aunque sus ramas (refiriéndose a los necios) verdeen por un tiempo, no estando fuertemente fijas, serán sacudidas por el viento y por la violencia del vendaval arrancadas de cuajo (…) Su fruto será inútil, sin sazón para ser comido; de nada servirá (…) La prudencia es la verdadera canicie (el signo por el que se mide la madurez) del hombre.
También se advierte de la relación con algunos de aquellos que nos rodean: ‘Estará el justo en gran seguridad frente a los que le afligían y menospreciaban sus obras’.
Luminosa e inmarchitable es la sabiduría; fácilmente se deja ver de los que la aman y es hallada de los que la buscan (…) El que temprano la busca no tendrá que fatigarse, pues a su puerta la hallará sentada. Pues pensar en ella ya es prudencia consumada. Porque ella misma busca por todas partes a los dignos (…) y en todos sus pensamientos les sale al encuentro (…) Por lo tanto, el deseo de la sabiduría conduce al reino (…) En la sabiduría hay (procede de) un espíritu inteligente, santo, único y múltiple, sutil, ágil, penetrante, limpio, claro, inofensivo, benévolo, agudo, libre, bienhechor y amante del ser humano, armonioso, seguro (…) Sabiduría es el resplandor de la Luz Eterna, el espejo limpio del actuar de Dios, imagen de su bondad (…) Dios ama al que mora con la sabiduría (…) Si alguno ama la justicia, las virtudes son fruto de su trabajo, porque ella (la sabiduría) enseña la templanza y la prudencia, la justicia y la fortaleza, las virtudes más provechosas para los hombres en la vida’.

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